Cuando uno aprende a batir alas el regreso a la vida cotidiana no resulta sencillo. Vivir representa convertirse en dueño de espacio y tiempo, moldearlo al propio antojo y edificar un espacio propio lo suficientemente amplio para moverse sin estrecheces.Hay momentos en los que, quizás de adolescentes, uno sorbe la sensación de independencia durante un tiempo. Un viaje, unas vacaciones ajenas, una visita pendiente de antaño... nos dejan a solas con nosotros mismos, dulce regalo de juventud. Al regreso a la rutina diaria, uno se percata de cuán difícil puede ser la convivencia de un núcleo de personas unidas por un lazo de sangre más que por convicciones.
Volar, batir alas, crearse a uno mismo supone en muchas ocasiones cortar el cordón umbilical que nos une a los progenitores. Pero cortar casi siempre se percibe como un gesto radical que implique desapego, la necesidad del vuelo propio con un rechazo frontal a todo lo aprendido, la necesidad de distinguirse uno mismo del núcleo homogéneo de la infancia a un intento de oponerse al sentimiento de grupo. En realidad no existe más que la necesidad de contemplarse uno mismo, de saber que las propias manos pueden crear un mundo.
Soledad de los mayores, soledad de los jóvenes que sufren las consecuencias de una vida independiente. Hay soledades buscadas, soledades encontradas, soledades compartidas y soledades aisladas. Un hombre dueño de su tiempo y anclado en las tradiciones antiguas de su propio mundo; una hija en la distancia, cuya batalla es una huída hacia adelante tratando de asimilarse a un mundo que le es ajeno.
Porque siempre habrá una parte de ese cordón umbilical que no se corta, que nos une indefinidamente al presente.
Volar, batir alas, crearse a uno mismo supone en muchas ocasiones cortar el cordón umbilical que nos une a los progenitores. Pero cortar casi siempre se percibe como un gesto radical que implique desapego, la necesidad del vuelo propio con un rechazo frontal a todo lo aprendido, la necesidad de distinguirse uno mismo del núcleo homogéneo de la infancia a un intento de oponerse al sentimiento de grupo. En realidad no existe más que la necesidad de contemplarse uno mismo, de saber que las propias manos pueden crear un mundo.
Soledad de los mayores, soledad de los jóvenes que sufren las consecuencias de una vida independiente. Hay soledades buscadas, soledades encontradas, soledades compartidas y soledades aisladas. Un hombre dueño de su tiempo y anclado en las tradiciones antiguas de su propio mundo; una hija en la distancia, cuya batalla es una huída hacia adelante tratando de asimilarse a un mundo que le es ajeno.
Porque siempre habrá una parte de ese cordón umbilical que no se corta, que nos une indefinidamente al presente.
DIRECTOR: Wayne Wang
AÑO: 2007
AÑO: 2007
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