Si cierro los ojos y miro atrás no encuentro en mi infancia recuerdos de personajes de cómic más allá de los Zipi y Zape, o Mortadelo y Filemón.Supongo que siempre se ha relacionado al cómic como una forma de entretenimiento vulgar, comparada con los libros que, en mi caso, eran el centro de mis pasiones desde bien pequeña. Al final mientras uno se va formando a sí mismo hereda viejos conceptos que luego el tiempo y la propia experiencia puede, si cabe, poner en su lugar.
Salvando los prejuicios, hace ya algunos años me dejé seducir por la versión viñeteada de la literatura. Sin ideas preconcebidas. Y salté ese mito jerarquizado por el cuál un libro de quinientas páginas impreso con letra arial a espacio simple debe, por defecto, estar más cerca de aquello que llamamos literatura que una historia narrada entre dibujos, que a menudo pueden llegar a constituir por sí mismos una verdadera obra de arte.
Gozamos, a menudo, de jornadas cinéfilas como las de ayer. Una cola casi inexistente evidencia el declive del cine como pasión en pantalla grande, algo que lleva inevitablemente a entristecerse y evocar imágenes de cinemas paradiso en los que la nostalgia ve como lentamente pequeñas salas de siempre van cerrando las puertas. En mi caso ayer fue una asistencia a simple ciego, con completo desconocimiento. Seguramente por mi falta de base cultural en lo que a superhéroes se refiere, ni siquiera el título me indicaba a penas la posibilidad de un argumento, de una temática.
En este tipo de historias siempre prima lo visual más que el suceso. Personajes archiconocidos en sus diferentes versiones: el egoista que se vuelve héroe bueno, el egoista que sigue siendo egoista hasta el fin de sus días, el malo en mayúsculas, el amigo que siempre está
allí aunque no comprenda nada de lo que está sucediendo, y la mujer florero cuya ayuda simplona puede terminar siendo crucial para la buena resolución de la trama. Nada nuevo en ese sentido, todo revestido de la modernidad de un escudo humano que funciona a propulsión y tiene algo de homenaje al inspector gadget de mi infancia. Son películas que, en mi caso, pueden pasar fácilmente al olvido más allá de lo visual y entretenido del momento.Pero evocan recuerdos. En aquellos que han crecido con el sabor de poder acudir con la paga semanal al kiosco para poder gozar del hombre araña que salva al mundo, o de las aventuras de Tony Stark y su armadura de hierro que protegerá a los más débiles de la tiranía de los injustos.
DIRECTOR: Jon Favreau
AÑO: 2008
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